En mi defensa, no se veía tan niño.
Salimos un par de veces, siempre a tomarnos un par, algunas con tiempo otras a la carrera, ni mi trabajo ni la universidad me dejaban tiempo libre, la verdad señoras, él nunca fue una prioridad.
Es joven, no diré más.
El pelo largo que le roza la nuca y los hombros, le cae en unas capas cortas muy femeninas pero deliciosas, y no me importan si no lo comprenden, yo lo disfruto y la verdad ¿qué más da? Sus lentes ocultan la juventud chisporroteante de sus ojos y tiene dentadura de Luis Miguel, partida por el medio. Con un cuerpazo joven y vibrante que además sabe mover muy bien, especialmente cuando se trata de la batucada en la que es la estrella con la trompeta. He llegado a dudar a momentos de que tenga DUI y si no fuera por todas las veces que se lo he pedido para confiscar una y otra vez su fecha de nacimiento podría decir que no parece mayor de edad.
El joven, “Sublime”, como es ahora costumbre llamarle, parece estar loco cuando se mueve a su antojo y no le importa lo que nadie a su alrededor piensa, salta y baila mientras camina, también lo hace cuando está sentado, y cuál si tuviese hormigas en los pantalones nunca está quieto. Es estruendoso y exagerado para hablar, ruidoso y por demás un jayán. Me incomoda inmensamente, me avergüenza en público y me hace pasar penas ajenas. Me encanta.
Este viernes suponía dejaríamos a un lado las cervezas y nos tomaríamos un café, por lo que esa hermosa calle que ya cuenta con varias de nuestras anécdotas era la mejor opción, en efecto la Avenida El Carmen ó Paseo El Carmen es el escenario que deben imaginar.
Como llegamos pasadas las 7 había música en vivo, toda la calle estaba cerrada y era completamente peatonal, era un gran ambiente de fiesta y diversión, había ventas de comida en la calle, libros, música, artesanías, postres, ¡de todo! Asi que entramos -por primera vez a estas alturas- a un bar que se llama El Quijote y pidió cada quien un litro de Regia. Orden que repetimos hasta el final de mi narración.
Resulta, pues, que a medida íbamos entrando en ese estado eufórico de sin-vergüenza, nos íbamos poniendo mas contentos y las canciones del bicho que estaba tocando música por demás excelente iban construyendo un ambiente cada vez más adecuado, nuestras sillas por obra de el bendito Sublime, se iban acercando más hasta que quedo a la par mía, lo suficiente como para acercar el brazo, hasta que en una de esas me abrazó, creo, y me besó…
Dos vasos de cerveza más tarde, creo, y varios viajes al baño, ya nos estábamos dando de esos besos estruendosos que llenan todo el cuerpo de ruido. La música estaba fuerte y había comenzado a llover, creo, cuando sentí señoras que lo besaba y le ponía la mano en la pierna, rocé su entrepierna, creo.
Lo único que pasaba por mi mente -de lo que la borrachera me permite recordar- es que yo deseaba que cierta persona estuviese en ese bar y me viese en plena acción.
La noche y la música fueron maravillosamente generosas conmigo, la borrachera y las nubes de lluvia lograron que las luces que decoran la segunda planta del bar se vieran los suficientemente borrosas como para sentir que estaba soñando. Corrí al baño por última vez, el pidió la cuenta, por supuesto el es un estudiante bohemio desempleado por lo que yo pagué mucho más que él, como ya era costumbre. Como diría Ismael Serrano, salimos del bar borrachos, agarrados de la mano, él me puso su sueter, como a una niña pequeña que necesita ayuda para vestirse por que ya comenzaba a llover, yo no recuerdo si fueron las cervezas pero sentía que la lluvia acariciaba mi rostro. Era algo delicioso.
Caminamos por El Paseo el Carmen, tan solo podía pensar en lo hermoso que es aquel pueblo de noche. Había mucha gente tomando en las calles, farolitos típicos salvadoreños, lluvia suavecita –al menos así la recuerdo-.
Íbamos caminando de momentos abrazados, otras veces parábamos a besarnos, y en más de una ocasión se paraba frente a mí, me abrazaba y me rogaba que nunca se me olvidase todo aquello, que no me arrepintiese. Yo me reía completamente idiota y borracha, llegamos a mi carro y me fui a mi casa. Cuando llegué nadie noto mi estado de embriaguez, me fui a dormir, luego me desperté y vomité un poquito para después de eso dormir como bebé.
Al siguiente día no le hablé, el tampoco me llamó –gracias a Dios- hablamos unas dos veces por el mensajero, pero siempre cuando yo estoy a punto de irme por lo que p´racticamente solo es un saludo amable.
Así que resulto más que perfecto de lo que imaginé, porque no quiero nada con el ni con nadie.
Aún tengo el suéter de ese muchachito revoltoso y desaliñado, medio hippie y medio vago, que para mi sorpresa, me ha besado como ningún treintañero ha logrado en mi vida. Besa con los labios, con el rostro, con sus lentes que se enredan en los míos y con esas manos llenas de cayos que se enredan en mi pelo. Ese niño besa como hombre.
A la espera de otra noche sublime me suscribo de ustedes.