Enrique

Enrique se escribe con “E” de “Es posible volver a soñar”
Como es necesario acercarme a sus labios
Como él y solo él despierta mi piel.

Enrique con “E” de “Es amor” nada menos, nada más.
Como estoy hechizada por sus ojos negros
Como es mi nuevo sueño, recostarme en su pecho,
Y echar a volar

Se escribe con “E” de “Encantada”
De “estoy enamorada”
Con “E” de “Es hermoso, callado y sensual”
Con esa guitarra y sus cuerdas
Con esas canciones eternas
Con esa habilidad nata para amar.

Enrique se escribe con “E” de “Estoy en sus manos
Y yo, me he dejado conquistar.

¿Así, o más claro?

Me he vuelto tan susceptible a esos alegatos, que terminé escribiendo esta noche en Libre Office para sentir que no lo traicionaba.

He pasado casi un año volviendo a ver a cualquier lugar para evitar su mirada, para evitar clavarle los ojos y que se desbordara en ellos lo que ahora no puedo negar.

Porque la deliciosa mueca que se forma en sus labios cuando intenta recordar los acordes de una canción se ha vuelto cada día más irresistible.

Porque las ganas de enredar mis dedos en sus manos de músico cuando esta sentado junto a mi, provocan un cosquilleo que preferiría no tener que controlar, porque cuando se deslizan por las cuerdas de su guitarra remendada, quisiera que tocaran mi pelo en su lugar.

Porque pensar en él me recuerda a las líricas de Alejandra, “flaco más que un alfiler” cantaba. Y por que, que bien cae el corte de sus pantalones sobre esas afiladas caderas. Es tan alto y guapo que me ruboriza pensar: tendría que inclinarme y ponerme de puntillas para  poderlo besar.

Porque su pelo de prócer y su barba de tres días me obligan a cerrar los ojos y suspirar. Por que el color moreno de su piel me hace pensar en vainilla y canela.

Porque estoy harta de morirme de ganas por acercarme a su cuello y olerlo a mi antojo. Porque su mirada turbia y profunda ya me ha sorprendido demasiadas veces perdida en deseo viéndolo tocar.

Porque la manera en que extiende los brazos para tomar el volante me parece irresistiblemente sexy.

Porque me estoy volviendo loca pensando que sus manos un día tomen las mías. Por que seguramente me derrita cuando esos ojos negros se fijen en mi, por que me muero de vergüenza cuando toma mis dedos y los pone en el traste correcto.

Porque es tan difícil convertir en palabras lo mucho que me gusta, y al imaginar su mirada escéptica se congela la mitad de mi estomago y mi lengua y mi cerebro no logran coordinar una frase digna de ser dicha en voz alta.

Por que cree que no me gusta, y no se da cuenta de como me derrito al verlo andar.

Entre arpegios y recuerdos

Un arpegio de guitarra me recordó lo mucho que te amaba, los años que pasé enredada en tu barba y lo tibios que eran tus brazos al despertar después de nuestros interminables viajes a la Luna. No te extraño y tampoco te amo. Pero recordarte me llena de calor las entrañas y me hace algunas veces sonreír.       

Sépanlo ya

Hay un tema que debo tratar. Hombres, esto es para ustedes, para que lo sepan de una vez por todas. Nunca he pedido a mis lectores que compartan lo que escribo, nunca me la he querido llevar de columnista, ni de sexóloga, ni he pretendido resolver el mundo con mis prosas; pero es tiempo de que los hombres sepan algunas cosas, así que los invito a correr la voz.

Para romper el hielo, quiero aclarar, que esto no lo escribo de choto (por gusto) sino por una perorata que traigo entre ceja y ceja y ha terminado por hartar hasta la última fibra del rincón más remoto de mi cerebro.

Se trata del desempeño sexual. Es decir lo bueno o malo que es un hombre en la cama.

Antes de comenzar a hablar sobre los hombres, lo cual representa el meollo del asunto, necesito que sepan todos, lo mucho que a las mujeres -al menos a mi generación y en mis colindancias geográficas- nos vale lo que un hombre piense de nuestro desempeño en la cama. Es más, no pensamos en el sexo como algo que será posteriormente evaluado para saber si somos buenas, malas, eficientes, proactivas, seductoras… ó lo que sea. No nos interesa, y simplemente nos limitamos a dejarnos caer en el colchón y recibir y dar todo el placer que nos brote de la piel y del corazón. Si, del corazón; no pasa nada.

 Dicho esto señores, no vamos a mentirles. Si los comparamos, si decidimos cuál de nuestras parejas ha sido la mejor y cuál la peor, sin conversamos con nuestras amigas sobre lo que hace uno o el otro y generalmente estas conversaciones terminan en explosiones de risa. Pero nuestro parámetro de medición no es ni remotamente parecido a lo que ustedes se imaginan.

No nos importa el tamaño, si ayuda, pero no es determinante. No necesitamos un atleta que pueda tener una tras otra, sesiones incansables de sexo. Por que el promedio de mujeres NO son atletas incansable en la cama y sobre todo porque el sexo NO ES UN DEPORTE.

No necesitamos que tengan condición física, y por favor arranquen de sus neuronas esa tonta idea de que un buen amante es un cabrón incansable que se monta y taladra a una mujer como si le hubieran puesto baterías DURACEL en el… bueno ya me calmé.

Un buen amante no es el que más aguanta, ni el que puede tener un round tras otro sin cansarse.  Un buen amante es el que pregunta de vez en cuando si nos gusta, es el que se toma la molestia de tocarte como la mujer mas hermosa que ha visto en su vida o por lo menos como la más hermosa que ha visto en el día. Es el que se toma el tiempo de recorrer el cuerpo de una mujer y acariciarla con paciencia.

Hay algo que los hombres no comprenden y es que su desempeño es proporcional a lo mucho que deseen estar con una mujer, si realmente la desean con todo su cuerpo y con toda su mente, son capaces de hacer maravillas indescriptibles. Eso es todo, el deseo y las ganas que tienen de estar con una mujer, con esa mujer… los hará el mejor o el peor amante para ella.

Y sepan, de una vez por todas, que odiamos tener que decirle a un hombre lo bueno que es, eso solo alimenta su vanidad y NO nos gusta tener que inflarles el ego. Podemos hacerlo una vez, pero midan sus palabras antes de preguntarlo, porque entre más lo preguntan más nos hacen saber lo inseguros que son en la cama, y menos atractivos se vuelven para nosotras.

Eso es todo. Moraleja, déjense de inseguridades, de competencias y de orgullo, eso no es sexy y ciertamente no conquistarán a nadie con eso a cuestas.

20 minutos

Con esa forma inconsciente que tiene de cambiarme los planes, cualquiera que me conozca pensaría que exploto en rabia cada 5 minutos, pero para mi sorpresa, me parece de lo más divertido la manera en que cree que me está envolviendo en un plan macabro y pretende aprovecharse, cuando en realidad yo lo dejo envolverme con toda la gracia y disposición cínica que me permito demostrarle.

Veinte minutos cambiaron nuestra historia, y me atrevo a confesar que aún se estremecían mis caderas camino a casa.

Hay cosas que ocurren de manera natural, quizás están escritas o las deseamos tanto que terminan por ser llamadas con nuestra mente. A nuestra edad cualquiera puede pensar que está por corromperme, pero a veces me asusto al pensar en la posibilidad de que una mocosa como yo lo termine arrastrando a él.

Si, por supuesto, en estas circunstancias tengo toda la  culpa del mundo reventándome la conciencia, me da una vergüenza infinita aceptarlo, pero con el descaro que hasta este día he cosechado puedo decir ¡Que me la aguanto!

Sus manos, sus ojos de forma almendrada, sus labios y la manera en que supo el momento perfecto para decir que el mar contemplaba mi belleza aquella noche, ha abierto las puertas de mis viejas mañas de soñar despierta, ese hombre que sé que nunca será mio, pero a quien disfrutaré mientras pueda.

Y lo único que se me ocurre es citar a Calle 13 y confesarle que quiero tomar su mano y darle la vuelta al mundo, por que el caribe nos espera y algún día llegaremos a las playas de Dominicana a desempolvar nuestros 2o minutos.

Esto, tenía que ser dicho en más de 140 caracteres. Así es el fútbol señor.

Hablando de Vaginas

Damas y caballeros, con ustedes: mis verdades sobre el sexo.

Y es que después de todo -lo acepto- a diferencia de mis contemporáneas, yo no nací con ese corcho imaginario en la boca que les impide hablar abiertamente sobre el tema.

Hablando de naves espaciales, recuerdo el pánico escénico que nos seduce a apagar las luces al momento de hacer el amor, por aquello de los rollitos, las arrugas, la celulitis y otras peculiaridades del cuerpo de la mujer que a lo largo de los años nos han enseñado a esconder y sentirnos avergonzadas por tenerlas. Recuerdo especialmente ese miedo cuando me doy cuenta que más de alguna vez he rechazado la cama de algún ofertante seductor, porque es demasiado guapo y yo no tengo un cuerpo tan esbelto como el suyo.

En mi último libro leído; “Eat, pray, love” de la gringa neoyorquina Elizabeth Gilbert, ella le recuerda a una de sus amigas – que por cierto se llama Sofie – que a la hora de la verdad, ningún hombre se fija en las libras de menos o de más que tienen frente a sus ojos, ya que solamente logran identificar el cuadro completo: una mujer desnuda frente a ellos. Y surge la pregunta ¿cuándo te ha rechazado un hombre frente al cual te has parado desnuda? La respuesta de la Sofie del libro fue: nunca. La respuesta de la Sofi que ahora escribe fue: la misma.

Hablando de vaginas, todas las mujeres somos hermosas.

Realmente, no hay nada más que decir. Si dos cuerpos son compatibles el sexo se da de manera sumamente natural; sin importar la estatura, el peso o la complexión. A la hora de revolcarse, una sola cosa define el éxito o fracaso de la operación: ¿Cuánto deseas el cuerpo de la otra persona? Y dejemos a un lado el amor por un momento, que generalmente al hablar de coitos estorba un poco.

¿Cuánto deseas, realmente, tomar el cuerpo de la otra persona y mezclarlo tanto con el tuyo, que sin ser empalagosa y dramática, puedan llegar  a compenetrarse de tal modo que parezca un solo cuerpo moviéndose de manera uniforme?

Ese momento en el que no sabes si es tu sudor ó su sudor, si es tu saliva ó la suya, si se mueve el ó te movés vos, pero todo va guiado por un compás silencioso tan natural como el de la respiración misma.

En ese momento podemos olvidarnos de la celulitis, los tuches y todos los complejos y permitirnos disfrutar de un cuerpo que ya no es nuestro, sino de los dos.

Y San Se acabó.

Cliché lingüístico

Estoy segura que si me encuentro un príncipe azul en la calle lo primero que me va a preguntar es si yo soy una princesa con olor a Disney, cintura de barbie y vagina de negra. Lo cual, definitivamente, no soy, ni quiero, ni puedo ser.

Para comenzar con nada menos que un cliché, diré “Antes que nada”.

Antes que nada, confieso que en esta noche la redacción y ostentosas meticulosidades gramaticales, me las paso por donde la conciencia suele tener menos efecto y más culpa.

El problema de esta noche, después de intentar convertirme en una perfecta cabrona con el manual que una gringa llamada Elizabeth Hilts escribió, afirmando en el prólogo no tener ni la menor idea de lo que hablaba y luego un español desabrido tradujo convirtiéndolo en algo aún más desastroso, después de repasar por arriba y por abajo los playlist que guardo para mis momentos de más profunda nitidez espiritual y meditación y encontrarme a mi misma al filo de una inminente depresión, después de haber rechazado una perfectamente factible invitación a emborracharme con mis amigas sin sentido aparente, después de convencerme a mi misma que no tengo un solo libro en esta casa que me interese leer y después de aceptar que lo único que quería hacer es escribir; me dispongo por fin a describirlo: el problema de esta noche es que no tengo un hombre en mi vida.

Pero el problema no termina allí, ni siquiera comienza allí. El problema es que eso es un problema y no. No me creo Ricardo Arjona, hablando como matraca mexicana sobre el mentado y dichoso “problema”.

Resulta que desde que recuerdo haber descubierto mi peculiar atracción por el sexo opuesto, no ha pasado un día de mi vida en el que no me encuentre con un hombre, pensando en un hombre, sufriendo por un hombre, llorando por un hombre, emborrachándome o fumando por no poder dejar de pensar en un hombre, o haciendo todas las anteriores junto a un hombre.

Debo aceptar que muchas veces se interceptaron en mi historia más de dos o tres al mismo tiempo, a veces por accidente, algunas por venganza y otras tantas por placer.

Sucede que el último año de mi vida lo pase luchando contra el fantasma de esa gran historia de amor a la que me rehúso dejar ir. Porque fue larga y hermosa, porque fue la primera, porque fue simplemente agotadora y porque la verdad removió cada fibra de mi piel hasta sus mas íntimos recovecos.

Hasta hace algunos meses me he descubierto a mi misma con ganas de ya no estar sola, saltando de desastre en desastre, me olvidé de mi añorado sueño de buscar una relación confortante y protectora y decidí resignarme con lo que el destino me pusiera enfrente, disfrutando del momento y no arrepintiéndome de nada.

Mala idea.

Porque resulta que el destino no siempre está de antojo de ponernos a un príncipe azul enfrente y ya sea por su incapacidad de comprometerse a ponerle nombre a una relación que ya es relación, por la desagradable manía de controlarme y saber donde me encontraba en cada momento del día, por el mal aliento, por las conversaciones aburridas, por la sobre protección, por la incansable necesidad de estar de rumba o por los anillos de casado, uno a uno tuve que ir descartando a los prospectos que mi destino ha puesto en el paso.

Y por eso, que en su momento pensé fue una pendejada o demasiada exigencia, y en otros momentos amor propio y alto estima, me encuentro esta noche: Sola.

Así es, sola. Y eso es todo.

Ese es todo el problema de mi vida, esa inutilidad recurrente que me impide a mi misma verme en el centro del patio, en la hamaca que hace mas bulla con un cigarro deshaciéndose en mis manos sin nadie en quien pensar, sin nadie a quien amar, sin nadie a quien besar ni con quien recorrer… el jardín. (¡Si, como no!)

Hay muchas mujeres que descubren inmensa alegría en su soledad, que encuentran el equilibrio al llegar a ese punto en el que estar solas les permite conocerse a sí mismas y pueden entonces estar tan perfectamente equilibradas que son capaces de atraer justamente al hombre adecuado y ser felices para siempre con el príncipe azul que parece ser tan pulcro como ellas en mente, cuerpo y alma. (Otro cliché, lo siento pero no me voy a corregir ni parafrasear)

¿Qué pasaría si las mujeres de repente decidiéramos dejar de buscar un príncipe de venas verdosas (que es mi forma personal de referirme al dichoso príncipe azul) y decidimos ubicarnos en una realidad en la que aceptamos que tenemos tantos errores, miedos y conflictos como los hombres que nos atraen?

Estoy segura que si me encuentro un príncipe azul en la calle lo primero que me va a preguntar es si yo soy una princesa con olor a Disney, cintura de barbie y vagina de negra. Lo cual, definitivamente, no soy, ni quiero, ni puedo ser.

¿Qué pasaría si me encontrara con un hombre tan defectuoso en el camino, que resulte ser simplemente ideal para una mujer defectuosa, insegura, consumidora compulsiva de chocolate, libros y té chai como yo? Estoy segura que como ACDC, cantaría que estoy en una autopista al infierno, y seguramente, ¿por qué no? me divertiría mucho.

Esta noche no tengo respuestas, solo esa pregunta que se me ha venido a clavar entre ceja y ceja y no me deja en paz pues no hago más que repetírsela a mi cabrona interna(efectos secundarios del manual de Hilts):

¿Qué pasa si amo a un hombre tan terriblemente defectuoso como yo? ¿Qué pasa si por fin decido dejar de buscar al hombre perfecto? Digo, dada la insidiosa coincidencia de que la verdad -y esto no es ningún secreto- yo tampoco soy perfecta.

La única respuesta que tengo segura es la decepción que sufrirá mi madre al descubrir que su niña pequeña y revoltosa no se quedará con un venas verdes, sino con algún desagradable, sarcástico y mal humorado hippy sacado de su peor pesadilla. Alguien casi tan terrible como yo.

Casi, tan terrible como yo.

Hasta aquí las crónicas de mis noches calurosas de marzo e insomnio potencial.

Nuevas prosas

Debo admitir pues, que las noches no me austan como antes, que las mujeres que escriben me fascinan como siempre y como reciente atracción he descubierto mi gusto por la literatura inglesa y las películas de época.

He recordado sin reproches el llanto que lloraba cuando estaba enamorada, la sensación de falta de aire en mis pulmones cuando sentía que la vida se iba si él se alejaba también.

He recordado sin tristeza aquellas noches de desesperación sincera en que pensé que cada fibra de mi alma estaba atada a la suya y sigo pensando sin duda que esa fué mi gran historia de amor.

Nunca, lo prometo, nunca dejarán de abrumarme las cuaresmas, siempre hay algo tenebroso que se acerca con sus lunas llenas y sus noches claras, el recuerdo del amor de mi vida rondando la ventana por más que me siga mudando de habitación a habitación.

Siempre me gusto verter mi propia rima en la prosa, siempre me gustó escribir como pienso y decir en voz alta lo que luego escribiré, a veces me parece que al hablar en tono afable y con sentimiento bien sentido mis pensamientos se convertirán por si solos en poemas cantarines que surgen de una silueta loca hablando sola frente al espejo ó reservada en cualquier rincón.

Ningún gesto masculino parece ser suficiente como ven para la sed de amor que ahora me apremia, y los revolcones ciertamente dejaron de ser una forma viable de entretención, desde que me descubrí a mi misma tan sola y tan triste como siempre, después de descubrirme a mi misma incapaz de volver a hacer el amor.

Ahora me encuentro por castigo o por conciencia resignada acabarme la tinta de cada lapicero que encuentro mal puesto, de terminarme cada esquina, de cada página, de cada cuaderno, de cada recuerdo, de cada ilusión.

No estoy enamorada, no estoy desconsolada y aún así no hay rimas victoriosas ni finales felices, no hay desenfrenos que valga la pena contar, y quizás este blog comience a parecerles aburrido, pero para mí, es una nuevo nacimiento de mi pluma que ahora es sincera al escribir que a pesar de la tristeza y del vacío, puedo decir por primera vez en muchos años, que no hay un hombre en vida ni por cerca, ni por joder, ni por platonicismos locos típicos de mi edad; y he descubierto una sórdida y reluciente capacidad de amarme y de ser feliz y un reconfirmado miedo a la oscuridad.