Estoy segura que si me encuentro un príncipe azul en la calle lo primero que me va a preguntar es si yo soy una princesa con olor a Disney, cintura de barbie y vagina de negra. Lo cual, definitivamente, no soy, ni quiero, ni puedo ser.
Para comenzar con nada menos que un cliché, diré “Antes que nada”.
Antes que nada, confieso que en esta noche la redacción y ostentosas meticulosidades gramaticales, me las paso por donde la conciencia suele tener menos efecto y más culpa.
El problema de esta noche, después de intentar convertirme en una perfecta cabrona con el manual que una gringa llamada Elizabeth Hilts escribió, afirmando en el prólogo no tener ni la menor idea de lo que hablaba y luego un español desabrido tradujo convirtiéndolo en algo aún más desastroso, después de repasar por arriba y por abajo los playlist que guardo para mis momentos de más profunda nitidez espiritual y meditación y encontrarme a mi misma al filo de una inminente depresión, después de haber rechazado una perfectamente factible invitación a emborracharme con mis amigas sin sentido aparente, después de convencerme a mi misma que no tengo un solo libro en esta casa que me interese leer y después de aceptar que lo único que quería hacer es escribir; me dispongo por fin a describirlo: el problema de esta noche es que no tengo un hombre en mi vida.
Pero el problema no termina allí, ni siquiera comienza allí. El problema es que eso es un problema y no. No me creo Ricardo Arjona, hablando como matraca mexicana sobre el mentado y dichoso “problema”.
Resulta que desde que recuerdo haber descubierto mi peculiar atracción por el sexo opuesto, no ha pasado un día de mi vida en el que no me encuentre con un hombre, pensando en un hombre, sufriendo por un hombre, llorando por un hombre, emborrachándome o fumando por no poder dejar de pensar en un hombre, o haciendo todas las anteriores junto a un hombre.
Debo aceptar que muchas veces se interceptaron en mi historia más de dos o tres al mismo tiempo, a veces por accidente, algunas por venganza y otras tantas por placer.
Sucede que el último año de mi vida lo pase luchando contra el fantasma de esa gran historia de amor a la que me rehúso dejar ir. Porque fue larga y hermosa, porque fue la primera, porque fue simplemente agotadora y porque la verdad removió cada fibra de mi piel hasta sus mas íntimos recovecos.
Hasta hace algunos meses me he descubierto a mi misma con ganas de ya no estar sola, saltando de desastre en desastre, me olvidé de mi añorado sueño de buscar una relación confortante y protectora y decidí resignarme con lo que el destino me pusiera enfrente, disfrutando del momento y no arrepintiéndome de nada.
Mala idea.
Porque resulta que el destino no siempre está de antojo de ponernos a un príncipe azul enfrente y ya sea por su incapacidad de comprometerse a ponerle nombre a una relación que ya es relación, por la desagradable manía de controlarme y saber donde me encontraba en cada momento del día, por el mal aliento, por las conversaciones aburridas, por la sobre protección, por la incansable necesidad de estar de rumba o por los anillos de casado, uno a uno tuve que ir descartando a los prospectos que mi destino ha puesto en el paso.
Y por eso, que en su momento pensé fue una pendejada o demasiada exigencia, y en otros momentos amor propio y alto estima, me encuentro esta noche: Sola.
Así es, sola. Y eso es todo.
Ese es todo el problema de mi vida, esa inutilidad recurrente que me impide a mi misma verme en el centro del patio, en la hamaca que hace mas bulla con un cigarro deshaciéndose en mis manos sin nadie en quien pensar, sin nadie a quien amar, sin nadie a quien besar ni con quien recorrer… el jardín. (¡Si, como no!)
Hay muchas mujeres que descubren inmensa alegría en su soledad, que encuentran el equilibrio al llegar a ese punto en el que estar solas les permite conocerse a sí mismas y pueden entonces estar tan perfectamente equilibradas que son capaces de atraer justamente al hombre adecuado y ser felices para siempre con el príncipe azul que parece ser tan pulcro como ellas en mente, cuerpo y alma. (Otro cliché, lo siento pero no me voy a corregir ni parafrasear)
¿Qué pasaría si las mujeres de repente decidiéramos dejar de buscar un príncipe de venas verdosas (que es mi forma personal de referirme al dichoso príncipe azul) y decidimos ubicarnos en una realidad en la que aceptamos que tenemos tantos errores, miedos y conflictos como los hombres que nos atraen?
Estoy segura que si me encuentro un príncipe azul en la calle lo primero que me va a preguntar es si yo soy una princesa con olor a Disney, cintura de barbie y vagina de negra. Lo cual, definitivamente, no soy, ni quiero, ni puedo ser.
¿Qué pasaría si me encontrara con un hombre tan defectuoso en el camino, que resulte ser simplemente ideal para una mujer defectuosa, insegura, consumidora compulsiva de chocolate, libros y té chai como yo? Estoy segura que como ACDC, cantaría que estoy en una autopista al infierno, y seguramente, ¿por qué no? me divertiría mucho.
Esta noche no tengo respuestas, solo esa pregunta que se me ha venido a clavar entre ceja y ceja y no me deja en paz pues no hago más que repetírsela a mi cabrona interna(efectos secundarios del manual de Hilts):
¿Qué pasa si amo a un hombre tan terriblemente defectuoso como yo? ¿Qué pasa si por fin decido dejar de buscar al hombre perfecto? Digo, dada la insidiosa coincidencia de que la verdad -y esto no es ningún secreto- yo tampoco soy perfecta.
La única respuesta que tengo segura es la decepción que sufrirá mi madre al descubrir que su niña pequeña y revoltosa no se quedará con un venas verdes, sino con algún desagradable, sarcástico y mal humorado hippy sacado de su peor pesadilla. Alguien casi tan terrible como yo.
Casi, tan terrible como yo.
Hasta aquí las crónicas de mis noches calurosas de marzo e insomnio potencial.