En mis años de primaria era normal escuchar a mi padre murmurando este poema, que me hacia soñar todas las noches, era eterno el minuto en que su boca derramaba esas palabras, parafraseando con mala memoria la sonatina de Rubén Darío.
La confesión: mi padre nunca me dijo el poema a mi, ni a mi madre ni a ninguna de mis hermanas, y en mi mente de niña, no eramos lo suficientemente buenas o lindas, no eramos lo suficientemente princesas como para ser la razon de este poema en su mente.
Por gracioso que suene hoy, en aquellos días de uniforme de pingüina, calcetas y zapatos blancos, esto era una aflicción enorme en mi corazón, y alrededor de las 6 de la tarde, cuando la humedad caía en las hojas verdes del jardín, mas o menos despues de ver “Mi bella Genio” en el canal 6, corria al baño a lavarme la cara cuando escuchaba el ruido del carro de mi padre, me cambiaba la camisa si estaba sucia por los juegos de la tarde con mi hermano, y salia a esperarlo.
Parece que mi padre nunca fue de muchas palabras, o simplemente no notaba mi pequeña presencia, seguramente el cansancio era mucho y la paciencia poca, con el tiempo entendí que el no era una persona cariñosa ni expresiva.
Y cada vez que le escuchaba recitar ese poema, me ardia mas el pecho y sentía mas la tristeza de la princesa de Darío, sintiendome menos princesa… sin comprender por que otras podían serlo y yo no.
La princesa esta triste, ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa.
Que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa no rie, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de oriente
la libélula vaga, de una vaga ilusión.
¡Ay!, la pobre princesa de la boca de rosa
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar;
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.