Pocas veces me suceden cosas interesantes para contar, menos para escribir, y nunca he sido el tipo de persona que cuenta lo que le ocurre en su blog, este sitio mas bien lo había dedicado, hasta hoy, para los pensamientos y sentimientos que pueden ser expresados.
Esta es una ocasión contraria y me encantaría concebirlo como una celebración de la nueva vida que me aguarda.
Resulta que por motivos de impunidad, decidí esperar un par de minutos antes de venir a mi casa, después de la universidad tomé la ruta mas larga, que en otras ocasiones fue llamada la ruta a Huizucar. Mi corazón ansiaba ese concreto firme y el viento que recorre la piel cuando manejo en esa ruta, pasé a una gasolinera y compré el Mocha helado de Starbucks que hacía mucho no saboreaba y me dispuse a comenzar mi camino.
Recorrí la carretera dejando que mi cabeza se perdiera entre los arboles del paisaje, admirando boquiabierta como el espectáculo permitía a mis neuronas darle luz verde a todos los pensamientos apuñados que contuve durante la mañana para no arruinar el maravilloso momento que había vivido.
Sin darme cuenta y a medida que avanzaba sentía algo pesado en la espalda, como una presión que debilitaba mis brazos, de pronto mis piernas comenzaron a responder de la misma manera, de modo que los cambios de velocidad se hacían cada vez más difíciles.
Sintiendo que mi mente estaba a punto de colapsar con tanta idea, tantos planes, tanta responsabilidad que cargaba en mis hombros decidí buscar un lugar en el que mi cerebro le diera una tregua a ese malestar tan extraño que pocas veces había experimentado, definitivamente, nunca antes al volante.
Después pasar por dos redondeles casi en neutro porque el clutch se resistía a la poca fuerza que ejercía mi pierna izquierda, encontré un lugar adonde podía estacionar el vehículo sin preocuparme por que un camión de Cemento Cesa me pasara levantando de golpe. (Nunca he sabido como se llama esa área de las carreteras en las que uno puede orillarse sin problemas).
Una vez identificado el destino de mi descanso, las luces rojas de mi carro le indicaron al carro que tenía atrás que pronto saldría del camino, este me sobrepaso al ver la luz de la vía derecha encenderse mientras me desviaba de la ruta que tantas noches he recorrido.
Estacioné el vehículo de manera casi impecable, como pocas veces logro hacer, puse las luces intermitentes para evitar cualquier tipo de malentendido, y me bajé, sin darme cuenta de que una hermosa camioneta Audi hubiese podido levantarme el vestido, con todo el viento que dejo a su paso, esto claro, si hubiese andado un vestido puesto.
Bajé mi Mocha que permanecía helado como al momento de abrirle, y decidí dejar que el Sol cociera como tanto disfruto mi piel, pensaba en lo blanca que era y lo peculiar del encuentro de la mañana, conté las horas y los días que mi piel tendría que permanecer como en ese momento, curtiéndose en el sol, para perder un poco la palidez que baña mi epidermis.
Deje que mis ojos se perdieran en la infinidad de arboles que me rodeaba, en los kilómetros sobre poblados que contemplaba al fondo del paisaje.
Hubiera deseado que mi cuerpo se fundiera en el sudor que comenzaba a destilar por el reflejo de la luz en la carretera, y comenzaba a sentir el escozor del concreto caliente en la planta de mis pies, podía escuchar como crujían bajo el sol del medio día, las latas de mi Tercel negro perlado y mi cuerpo comenzaba a relajarse con los rayos de mi astro favorito.
Disfrute como nunca de la sensación de hervor en la piel, de la mirada curiosa de los conductores que incluso disminuían la velocidad para entrometerse en lo que era asunto suyo.
Estaba en lo mejor de disfrutar de mi mente, de mi cuerpo, de todas las sensaciones que explotaban bajo el sol y del paisaje que contemplaba en inmutable silencio… cuando vi un vehículo encender las luces intermitentes avisando su incorporación en mi porción de quietud.
Era una marca extraña que pocas veces logro identificar y no me interesa recordar, parecía un escudo inglés de la edad media o por lo menos algo parecido, vi la ventanilla del copiloto a medio polarizar bajar de manera parsimoniosa, mientras dejaba poco a poco descubrir al conductor de aquel particular vehículo, era un rostro amable, tan blanco como el mío, con las mejillas sonrojadas, al igual que las mías por el calor.
Era un hombre simpático y levemente regordete de mirada afable y juguetona, lo primero que hizo fue preguntar ¿qué pasó?, lo que inmediatamente me pareció inapropiado, por lo que a pesar de haber escuchado perfectamente, tuve que exclamar casi interrumpiéndole: ¿Perdón?.
El caballero reparo inmediatamente y repuso nervioso:
-¿Su ayuda viene en camino o necesita algo?
Reparé como una estúpida, de lo peligroso que era estar en la carretera sin ningún sentido y le agradecí negando con la cabeza, respondiendo después de una sonrisa que mi padre estaba en camino.
El hombre asintió con la cabeza he inicio la marcha de su vehículo, que era blanco y muy brillante, cuando aceleró para reincorporarse en la carretera, vi al otro lado de la ventanilla del pasajero la sonrisa mas horrible y fingida que he visto en mi vida, era un hombre de aspecto militar, con ojos saltones que apenas se distinguían por el polarizado grisáceo que permitía ver la silueta de un arma bastante grande, que si mis ojos no me engañan, apuntaba sigilosa al conductor del vehículo.
El calor del medio día desapareció cuando todo mi cuerpo se puso helado como el agua de la pila en la madrugada, y dude varias veces de mi imaginación que en muchas ocasiones me traiciona, me quede helada y quieta junto a mi auto, y apreté en mi puño derecho las llaves, cuando me di cuenta de que era hora de regresar a la carretera.
Me metí rápidamente a mi fiel corcel azabache, que pocas veces me ha fallado, acomodé mi trasero a la butaca y traté de despejar mi mente viendo por última vez el paisaje que hacia unos minutos me hipnotizaba. Bajé por la ruta a Huizucar disfrutando de los últimos segundos de viento en la cara y sentí como si me despertaba de un sueño corto y muy real.
Despues de todo, se que puedo disfrutar al maximo las imprudencias de los 19 años.