Ojalá hubiera encontrado esta imagen cuando todavía estabas conmigo. Te la hubiera dado como mi manual de uso.
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20 minutos
Con esa forma inconsciente que tiene de cambiarme los planes, cualquiera que me conozca pensaría que exploto en rabia cada 5 minutos, pero para mi sorpresa, me parece de lo más divertido la manera en que cree que me está envolviendo en un plan macabro y pretende aprovecharse, cuando en realidad yo lo dejo envolverme con toda la gracia y disposición cínica que me permito demostrarle.
Veinte minutos cambiaron nuestra historia, y me atrevo a confesar que aún se estremecían mis caderas camino a casa.
Hay cosas que ocurren de manera natural, quizás están escritas o las deseamos tanto que terminan por ser llamadas con nuestra mente. A nuestra edad cualquiera puede pensar que está por corromperme, pero a veces me asusto al pensar en la posibilidad de que una mocosa como yo lo termine arrastrando a él.
Si, por supuesto, en estas circunstancias tengo toda la culpa del mundo reventándome la conciencia, me da una vergüenza infinita aceptarlo, pero con el descaro que hasta este día he cosechado puedo decir ¡Que me la aguanto!
Sus manos, sus ojos de forma almendrada, sus labios y la manera en que supo el momento perfecto para decir que el mar contemplaba mi belleza aquella noche, ha abierto las puertas de mis viejas mañas de soñar despierta, ese hombre que sé que nunca será mio, pero a quien disfrutaré mientras pueda.
Y lo único que se me ocurre es citar a Calle 13 y confesarle que quiero tomar su mano y darle la vuelta al mundo, por que el caribe nos espera y algún día llegaremos a las playas de Dominicana a desempolvar nuestros 2o minutos.
Esto, tenía que ser dicho en más de 140 caracteres. Así es el fútbol señor.
Hablando de Vaginas
Damas y caballeros, con ustedes: mis verdades sobre el sexo.
Y es que después de todo -lo acepto- a diferencia de mis contemporáneas, yo no nací con ese corcho imaginario en la boca que les impide hablar abiertamente sobre el tema.
Hablando de naves espaciales, recuerdo el pánico escénico que nos seduce a apagar las luces al momento de hacer el amor, por aquello de los rollitos, las arrugas, la celulitis y otras peculiaridades del cuerpo de la mujer que a lo largo de los años nos han enseñado a esconder y sentirnos avergonzadas por tenerlas. Recuerdo especialmente ese miedo cuando me doy cuenta que más de alguna vez he rechazado la cama de algún ofertante seductor, porque es demasiado guapo y yo no tengo un cuerpo tan esbelto como el suyo.
En mi último libro leído; “Eat, pray, love” de la gringa neoyorquina Elizabeth Gilbert, ella le recuerda a una de sus amigas – que por cierto se llama Sofie – que a la hora de la verdad, ningún hombre se fija en las libras de menos o de más que tienen frente a sus ojos, ya que solamente logran identificar el cuadro completo: una mujer desnuda frente a ellos. Y surge la pregunta ¿cuándo te ha rechazado un hombre frente al cual te has parado desnuda? La respuesta de la Sofie del libro fue: nunca. La respuesta de la Sofi que ahora escribe fue: la misma.
Hablando de vaginas, todas las mujeres somos hermosas.
Realmente, no hay nada más que decir. Si dos cuerpos son compatibles el sexo se da de manera sumamente natural; sin importar la estatura, el peso o la complexión. A la hora de revolcarse, una sola cosa define el éxito o fracaso de la operación: ¿Cuánto deseas el cuerpo de la otra persona? Y dejemos a un lado el amor por un momento, que generalmente al hablar de coitos estorba un poco.
¿Cuánto deseas, realmente, tomar el cuerpo de la otra persona y mezclarlo tanto con el tuyo, que sin ser empalagosa y dramática, puedan llegar a compenetrarse de tal modo que parezca un solo cuerpo moviéndose de manera uniforme?
Ese momento en el que no sabes si es tu sudor ó su sudor, si es tu saliva ó la suya, si se mueve el ó te movés vos, pero todo va guiado por un compás silencioso tan natural como el de la respiración misma.
En ese momento podemos olvidarnos de la celulitis, los tuches y todos los complejos y permitirnos disfrutar de un cuerpo que ya no es nuestro, sino de los dos.
Y San Se acabó.
Cliché lingüístico
Estoy segura que si me encuentro un príncipe azul en la calle lo primero que me va a preguntar es si yo soy una princesa con olor a Disney, cintura de barbie y vagina de negra. Lo cual, definitivamente, no soy, ni quiero, ni puedo ser.
Para comenzar con nada menos que un cliché, diré “Antes que nada”.
Antes que nada, confieso que en esta noche la redacción y ostentosas meticulosidades gramaticales, me las paso por donde la conciencia suele tener menos efecto y más culpa.
El problema de esta noche, después de intentar convertirme en una perfecta cabrona con el manual que una gringa llamada Elizabeth Hilts escribió, afirmando en el prólogo no tener ni la menor idea de lo que hablaba y luego un español desabrido tradujo convirtiéndolo en algo aún más desastroso, después de repasar por arriba y por abajo los playlist que guardo para mis momentos de más profunda nitidez espiritual y meditación y encontrarme a mi misma al filo de una inminente depresión, después de haber rechazado una perfectamente factible invitación a emborracharme con mis amigas sin sentido aparente, después de convencerme a mi misma que no tengo un solo libro en esta casa que me interese leer y después de aceptar que lo único que quería hacer es escribir; me dispongo por fin a describirlo: el problema de esta noche es que no tengo un hombre en mi vida.
Pero el problema no termina allí, ni siquiera comienza allí. El problema es que eso es un problema y no. No me creo Ricardo Arjona, hablando como matraca mexicana sobre el mentado y dichoso “problema”.
Resulta que desde que recuerdo haber descubierto mi peculiar atracción por el sexo opuesto, no ha pasado un día de mi vida en el que no me encuentre con un hombre, pensando en un hombre, sufriendo por un hombre, llorando por un hombre, emborrachándome o fumando por no poder dejar de pensar en un hombre, o haciendo todas las anteriores junto a un hombre.
Debo aceptar que muchas veces se interceptaron en mi historia más de dos o tres al mismo tiempo, a veces por accidente, algunas por venganza y otras tantas por placer.
Sucede que el último año de mi vida lo pase luchando contra el fantasma de esa gran historia de amor a la que me rehúso dejar ir. Porque fue larga y hermosa, porque fue la primera, porque fue simplemente agotadora y porque la verdad removió cada fibra de mi piel hasta sus mas íntimos recovecos.
Hasta hace algunos meses me he descubierto a mi misma con ganas de ya no estar sola, saltando de desastre en desastre, me olvidé de mi añorado sueño de buscar una relación confortante y protectora y decidí resignarme con lo que el destino me pusiera enfrente, disfrutando del momento y no arrepintiéndome de nada.
Mala idea.
Porque resulta que el destino no siempre está de antojo de ponernos a un príncipe azul enfrente y ya sea por su incapacidad de comprometerse a ponerle nombre a una relación que ya es relación, por la desagradable manía de controlarme y saber donde me encontraba en cada momento del día, por el mal aliento, por las conversaciones aburridas, por la sobre protección, por la incansable necesidad de estar de rumba o por los anillos de casado, uno a uno tuve que ir descartando a los prospectos que mi destino ha puesto en el paso.
Y por eso, que en su momento pensé fue una pendejada o demasiada exigencia, y en otros momentos amor propio y alto estima, me encuentro esta noche: Sola.
Así es, sola. Y eso es todo.
Ese es todo el problema de mi vida, esa inutilidad recurrente que me impide a mi misma verme en el centro del patio, en la hamaca que hace mas bulla con un cigarro deshaciéndose en mis manos sin nadie en quien pensar, sin nadie a quien amar, sin nadie a quien besar ni con quien recorrer… el jardín. (¡Si, como no!)
Hay muchas mujeres que descubren inmensa alegría en su soledad, que encuentran el equilibrio al llegar a ese punto en el que estar solas les permite conocerse a sí mismas y pueden entonces estar tan perfectamente equilibradas que son capaces de atraer justamente al hombre adecuado y ser felices para siempre con el príncipe azul que parece ser tan pulcro como ellas en mente, cuerpo y alma. (Otro cliché, lo siento pero no me voy a corregir ni parafrasear)
¿Qué pasaría si las mujeres de repente decidiéramos dejar de buscar un príncipe de venas verdosas (que es mi forma personal de referirme al dichoso príncipe azul) y decidimos ubicarnos en una realidad en la que aceptamos que tenemos tantos errores, miedos y conflictos como los hombres que nos atraen?
Estoy segura que si me encuentro un príncipe azul en la calle lo primero que me va a preguntar es si yo soy una princesa con olor a Disney, cintura de barbie y vagina de negra. Lo cual, definitivamente, no soy, ni quiero, ni puedo ser.
¿Qué pasaría si me encontrara con un hombre tan defectuoso en el camino, que resulte ser simplemente ideal para una mujer defectuosa, insegura, consumidora compulsiva de chocolate, libros y té chai como yo? Estoy segura que como ACDC, cantaría que estoy en una autopista al infierno, y seguramente, ¿por qué no? me divertiría mucho.
Esta noche no tengo respuestas, solo esa pregunta que se me ha venido a clavar entre ceja y ceja y no me deja en paz pues no hago más que repetírsela a mi cabrona interna(efectos secundarios del manual de Hilts):
¿Qué pasa si amo a un hombre tan terriblemente defectuoso como yo? ¿Qué pasa si por fin decido dejar de buscar al hombre perfecto? Digo, dada la insidiosa coincidencia de que la verdad -y esto no es ningún secreto- yo tampoco soy perfecta.
La única respuesta que tengo segura es la decepción que sufrirá mi madre al descubrir que su niña pequeña y revoltosa no se quedará con un venas verdes, sino con algún desagradable, sarcástico y mal humorado hippy sacado de su peor pesadilla. Alguien casi tan terrible como yo.
Casi, tan terrible como yo.
Hasta aquí las crónicas de mis noches calurosas de marzo e insomnio potencial.
Nuevas prosas
Debo admitir pues, que las noches no me austan como antes, que las mujeres que escriben me fascinan como siempre y como reciente atracción he descubierto mi gusto por la literatura inglesa y las películas de época.
He recordado sin reproches el llanto que lloraba cuando estaba enamorada, la sensación de falta de aire en mis pulmones cuando sentía que la vida se iba si él se alejaba también.
He recordado sin tristeza aquellas noches de desesperación sincera en que pensé que cada fibra de mi alma estaba atada a la suya y sigo pensando sin duda que esa fué mi gran historia de amor.
Nunca, lo prometo, nunca dejarán de abrumarme las cuaresmas, siempre hay algo tenebroso que se acerca con sus lunas llenas y sus noches claras, el recuerdo del amor de mi vida rondando la ventana por más que me siga mudando de habitación a habitación.
Siempre me gusto verter mi propia rima en la prosa, siempre me gustó escribir como pienso y decir en voz alta lo que luego escribiré, a veces me parece que al hablar en tono afable y con sentimiento bien sentido mis pensamientos se convertirán por si solos en poemas cantarines que surgen de una silueta loca hablando sola frente al espejo ó reservada en cualquier rincón.
Ningún gesto masculino parece ser suficiente como ven para la sed de amor que ahora me apremia, y los revolcones ciertamente dejaron de ser una forma viable de entretención, desde que me descubrí a mi misma tan sola y tan triste como siempre, después de descubrirme a mi misma incapaz de volver a hacer el amor.
Ahora me encuentro por castigo o por conciencia resignada acabarme la tinta de cada lapicero que encuentro mal puesto, de terminarme cada esquina, de cada página, de cada cuaderno, de cada recuerdo, de cada ilusión.
No estoy enamorada, no estoy desconsolada y aún así no hay rimas victoriosas ni finales felices, no hay desenfrenos que valga la pena contar, y quizás este blog comience a parecerles aburrido, pero para mí, es una nuevo nacimiento de mi pluma que ahora es sincera al escribir que a pesar de la tristeza y del vacío, puedo decir por primera vez en muchos años, que no hay un hombre en vida ni por cerca, ni por joder, ni por platonicismos locos típicos de mi edad; y he descubierto una sórdida y reluciente capacidad de amarme y de ser feliz y un reconfirmado miedo a la oscuridad.
Ahora lo se
Quizás no lo recordés, pero hace años lloré en tus brazos viendo esta película. PS I love you. Lloraba pensando que un día te iba a perder. Hoy volví a llorar viéndola y lo sigo haciendo a moco tendido por que finalmente descubrí que te perdí. Te perdí.
Perdí esa sonrisa de oreja a oreja que se bibujaba a las 6:30 de la mañana al despertarte con Choco Krispies.
Perdí las ganas de huir con vos a un universo paralelo que fuera solo de los dos
Perdí los sueños que soñé en tu pecho
Perdi mis canciones favoritas y fotos por el caribe hondureño
Perdí el gusto por la música triste
Perdí el poder el poder mágico que tenía en las manos para quitarte el dolor de cabeza
Perdí la esperanza de envejecer peleando con vos.
Ahora lo se, te perdí.
Lo único que quedó de esa historia
En noches como estas recuerdo los ojos verdes y el rostro pecoso de el Oficial Canessa. Lamentablemente lo único que quedó de esa historia fue esta canción.
Que ganas de sentir sus manos llenas de cayos de nuevo.
Que ganas de pillarlo viéndome de reojo sobre esos lentes sin aro y llenos de preguntas.
Que ganas de oírlo llamarme princesa
Que ganas de decirle algo al oído y ponerlo nervioso
A ese hombre tan grande y fuerte que parece una roca
Pero fue capaz de ser luz de día por mi
Y encontrarse conmigo en la clandestinidad de nuestros contados y vertiginosos encuentros
Que ganas de contar una a una las pecas que adornaban sus mejillas
Que ganas de ahogarme en esos ojos de piscina chuca
Que ganas de oirlo tartamudear al preguntarme si estoy ocupada
Que ganas de verlo otra vez
Los números de 2011
Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un reporte para el año 2011 de este blog.
Aqui es un extracto
Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 4.600 veces en 2011. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 4 viajes transportar tantas personas.
Las noches sublimes
En mi defensa, no se veía tan niño.
Salimos un par de veces, siempre a tomarnos un par, algunas con tiempo otras a la carrera, ni mi trabajo ni la universidad me dejaban tiempo libre, la verdad señoras, él nunca fue una prioridad.
Es joven, no diré más.
El pelo largo que le roza la nuca y los hombros, le cae en unas capas cortas muy femeninas pero deliciosas, y no me importa si no lo comprenden, yo lo disfruto y la verdad ¿qué más da? Sus lentes ocultan la juventud chisporroteante de sus ojos y tiene dentadura de Luis Miguel, partida por el medio. Con un cuerpazo joven y vibrante que además sabe mover muy bien, especialmente cuando se trata de la batucada en la que es la estrella con la trompeta. He llegado a dudar a momentos de que tenga DUI y si no fuera por todas las veces que se lo he pedido para confirmar una y otra vez su fecha de nacimiento podría decir que no parece mayor de edad.
El joven, “Sublime”, como es ahora costumbre llamarle, parece estar loco cuando se mueve a su antojo y no le importa lo que nadie a su alrededor piensa, salta y baila mientras camina, también lo hace cuando está sentado, y cuál si tuviese hormigas en los pantalones nunca está quieto. Es estruendoso y exagerado para hablar, ruidoso y por demás un jayán. Me incomoda inmensamente, me avergüenza en público y me hace pasar penas ajenas. Me encanta.
Este viernes suponía dejaríamos a un lado las cervezas y nos tomaríamos un café, por lo que esa hermosa calle que ya cuenta con varias de nuestras anécdotas era la mejor opción, en efecto la Avenida El Carmen ó Paseo El Carmen es el escenario que deben imaginar.
Como llegamos pasadas las 7 había música en vivo, toda la calle estaba cerrada y era completamente peatonal, era un gran ambiente de fiesta y diversión, había ventas de comida en la calle, libros, música, artesanías, postres, ¡de todo! Asi que entramos -por primera vez a estas alturas- a un bar que se llama El Quijote y pidió cada quien un litro de Regia. Orden que repetimos hasta el final de mi narración. (Si, se nos olvidó el café).
Resulta, pues, que a medida íbamos entrando en ese estado eufórico de sin-vergüenza, nos íbamos poniendo mas contentos y las canciones del bicho que estaba tocando música por demás excelente iban construyendo un ambiente cada vez más adecuado, nuestras sillas por obra de el bendito Sublime, se iban acercando más hasta que quedo a la par mía, lo suficiente como para acercar el brazo, hasta que en una de esas me abrazó, creo, y me besó…
Dos vasos de cerveza más tarde, creo, y varios viajes al baño, ya nos estábamos dando de esos besos estruendosos que llenan todo el cuerpo de ruido. La música estaba fuerte y había comenzado a llover, creo, cuando sentí, señoras, que lo besaba con desenfreno y le ponía la mano en la pierna, la pude haber o no rozado en repetidas ocasiones, creo.
Lo único que pasaba por mi mente -de lo que la borrachera me permite recordar- es que yo deseaba que cierta persona estuviese en ese bar y se convenciera de lo mucho que lo había olvidado.
La noche y la música fueron maravillosamente generosas conmigo, la borrachera y las nubes de lluvia lograron que las luces decorativas de la segunda planta del bar se vieran los suficientemente borrosas como para sentir que estaba soñando. Corrí al baño por última vez, el pidió la cuenta. Por supuesto, el es un estudiante bohemio desempleado por lo que yo pagué mucho más que él como ya era costumbre. Como diría Ismael Serrano, salimos del bar borrachos, agarrados de la mano, él me puso su sueter, como a una niña pequeña que necesita ayuda para vestirse por que ya comenzaba a llover, yo no recuerdo si fueron las cervezas pero sentía que la lluvia acariciaba mi rostro. Era algo delicioso.
Caminamos por El Paseo el Carmen, tan solo podía pensar en lo hermoso que es aquel pueblo de noche. Había mucha gente tomando en las calles, farolitos típicos salvadoreños, lluvia suavecita –al menos así la recuerdo-.
Íbamos caminando de momentos abrazados, otras veces parábamos a besarnos, y en más de una ocasión se paraba frente a mí, me abrazaba y me rogaba que nunca se me olvidase todo aquello, que no me arrepintiese. Yo me reía completamente idiota y borracha, llegamos a mi carro y me fui a mi casa. Cuando llegué nadie noto mi estado de embriaguez, me fui a dormir, luego me desperté y vomité un poquito para después de eso dormir como bebé.
Al siguiente día no le hablé, el tampoco me llamó –gracias a Dios- hablamos unas dos veces por el mensajero, pero siempre cuando yo estoy a punto de irme por lo que prácticamente solo es un saludo amable.
Así que resulto más que perfecto de lo que imaginé, porque no quiero nada con el ni con nadie.
Aún tengo el suéter de ese muchachito revoltoso y desaliñado, medio hippie y medio vago, que para mi sorpresa, me ha besado como ningún treintañero ha logrado en mi vida. Besa con los labios, con el rostro, con sus lentes que golpean los míos y con esas manos llenas de cayos que se enredan en mi pelo. Ese niño besa como hombre.
A la espera de otra noche sublime me suscribo de ustedes.
Vete de aquí
Aléjate de mi Satanás. Porque soy feliz y no te quiero cerca. Porque me amo tanto que no volverás a tocarme. Porque ahora, me respeto.
Aléjate de mi Satanás. Y aleja tus manos tu risa y tus sombras que oscurecen mi felicidad, por que día a día echo riata para pensarte menos y valorarme más.
Aléjate, aléjate, aléjate, ya no quiero nada, nada que me recuerde a vos, esta vida ya solo es mía y vos ya no cabés en ella, esta sonrisa es nueva y ahora es más hermosa, porque resulta que no se borra aunque vos no estés.
Porque resulta que descubrí lo hermosa que soy, lo recia que es mi huella cuando decido plantar el pié y la fuerza que tienen mis manos cuando trabajan para hacer el bien.
Y si no has entendido te lo repito: Aléjate de mi Satanás.

