Y nosotras fuimos felices también

Pusimos aretes en sus orejas, sonrisas en sus rostros y una nueva forma de ganarse la vida, utilizando las manos, la creatividad y materia de bajo costo y fácil localización.

La cosa está comenzando a mejorar y entre risas y complicidad hemos descubierto la bondad de sus corazones, la ternura de sus almas. Nuestra ayuda ha pasado a las manos del amor, ahora sabemos que no se puede comenzar a trabajar con corazón roto.

Les enseñamos a reparar brazos rotos, a entablillar una fractura de emergencia, a subsanar los daños de una intoxicación y sabemos que poco se irá restaurando su corazón.

La alegría es la mejor medicina, las risas son un maravilloso aliciente para comenzar las labores con tenacidad. Pronto llegará el momento en que estén listas para luchar por si solas. Mientras tanto nuestras visitas continúan, nuestras clases de cocina, las charlas de motivación y los talleres de elaboración de producto, no se harán esperar sábado a sábado.

Nuestro producto principal, el taller más grande: la felicidad. Llegamos a enseñar como lograrla, llegamos a aprender como cultivarla, llegamos a compartirla.

Llegamos por que queríamos ayudarles y ser felices… y nosotras fuimos felices también.

 

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En El Salvador

El pueblo más grande que yo conozco es El Salvador.

El Salvador es un pueblo muy grande donde las calles se llenan de baches como la cara de un puberto lo hace de granos, tenemos tiendas de conveniencia en cada esquina, de dos en dos, y no necesitan ser pintadas pues están tapizadas de la publicidad de sus proveedores que como parte de una estrategia de Merchandising visual, no sirve absolutamente de nada.

Porque en mi pueblo, mi pueblo grande, el que desea una bebida carbonatada pide una coca-cola, ya sea de naranja uva o fresa.

En El Salvador los hombres visitan las pequeñas tiendas por la noche, compran dos o tres envases que procuran vaciar isofacto, como sea es una buena excusa para llegar tarde a la casa y encontrar de chiripa a los hijos ya dormidos.

El aroma etílico es un repelente genial que enfurece a las mujeres pero las aleja por un buen rato, y cumpliendo su cometido también ayuda a dormir como un bebé.

El hombre salvadoreño es alcohólico y futbolero, y dicen por allí los afiches y las vallas que así nos gusta, pero es mentira a las mujeres no nos gusta así.

Van dos sábados en los que mis pupilas se dilatan y mi menta se paraliza al ver a estas mujeres, con sus hijos pequeños al brazo, con sus zapatitos gastados y su cabellera a medio arreglar, estas mujeres que trabajan, cocinan, limpian, ordenan, cierran los chorros y apagan los focos y la tele para economizar un poco en las facturas que ellas mismas pagan.

Es emocionante oírlas hablar, ver sus ojos que irradian alegría y optimismo pero que de algún modo, están vacíos, parecen lustros mas viejas de lo que en realidad son. Son hermosas y bajo esas faldas ajustadas y esas camisas manchadas y con hoyos se encuentran cuerpos firmes que trabajan de son a sol para llevarle pan a sus marimbitas de niños.

Pero estas mujeres no solo mantienen hijos, también mantiene vicios, mantienen a hombres que intentan o fingen trabajar en esas comunidades rotas donde salir por la mañana es sinónimo de laboriosidad aunque sea a comprar cerveza a la esquina.

Voy a verlas y al hablar con ellas trato de darles ánimos, decirles que un marido alcohólico es parte de la vida de toda mujer en nuestro país, que ellas deben luchar por salir adelante por ellas y por sus hijos, que Dios las ama y quiere que sean felices.

Cuando mi mente me repite y mi conciencia me reclama por todo el montón de mentiras que les digo, cuando en realidad quisiera ayudarlas a echar a esos holgazanes de sus casitas y poderlas ver felices solas con sus hijos, se que no lo harán, se que no funciona así.

Tengo serios problemas para dormir por la noche al pensar que los últimos 5 dólares que ella tenía para pasar la semana, un hombre los ocupó para comprar cerveza, por que iría con sus amigos a ver el mascón.

Tengo un problema al ver que la economía del hogar de estas mujeres gira alrededor de un vicio.

Tengo un problema al ver al padre y al abuelo de un niño juegan pelota con él, envuelto en ese apestoso olor a cerveza que se acumula al pasar los días sin dejar de tomar.

Tengo un problema al escuchar a un hijo decirle a su madre que no la espere por la noche por que es sábado y seguramente regresará a verga.

Tengo un problema escuchando a una mujer decir que no conoce un restaurante por que no tiene suficiente dinero para ir, pero que su esposo si ha ido y le ha contado que son bonitos.

Tengo un problema al ver los rostros de esos niños que crecerán en una comunidad donde lo único que el futuro les promete es convertirse en otro bolo mas.

Tengo un problema, pero sobre todo tengo un inmenso miedo, miedo a mi realidad, miedo a este país, miedo a mi cultura, a las calles con baches, al clima desordenado, a las tienditas que venden pilsener a noventa centavos, a este país que es como un pueblo muy grande,  a los hombres salvadoreños.

La familia es una institución, es la base de la sociedad, es la iglesia domestica. Asi lo aprendí, hoy descubrí que no es así.

 

La mujer brava

Comentarios del escritor colombiano  Hector Abad, llamado: Elogio a la mujer brava, un correo que mi hermana envió esta noche y me hizo sentir un poco mejor, un poco menos equivocada, quizas un poco justificada, definitivamente me ayudó a comprender un par de cuerdas que me ataban, me alegro por el Sr. Abad, no por el elogio que hace, sino por la plena felicidad que se vislumbra con destellos de disfrute en sus palabras. Les dejo aquí este escrito

…a los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.

Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.

Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.

Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas.. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.

Vamos hombres, por esas mujeres bravas!